Ayer fue viernes 30 de septiembre, el último día que cierra el ciclo de septiembre y sus colores de fragmentación roja y patriótica. Junto con aquél antecedente de que sea viernes y último día de este mes, lo que lo hizo especial fue la historia amarrada a él.
Ayer me encontré con Enrique, en rigor no me encontré con él, lo busqué; necesitaba me ayudara con algunos favores.
Enrique es aquella persona que todos tenemos y recordamos, algunos son presentes, otros un pasado lejano y distante, de acuerdo a su historia también puede ser un mal recuerdo. En fin. Enrique fue el primer gran amigo de la infancia, con aquél que compartía la aventura de descubrir la tierra y el aire, la amistad y la comida, de aquellas amistades hermanables sólidas y fundidas, miembro de la familia. Mi pandilla empezaba con el. Creo que la amistad surgió muy temprano en la básica; guardo como referente clave el mundial de Italia ´90. Mi primer mundial con los ojos abiertos, en rigor nuestro mundial; mientras él se creía Walter Zenga, yo alucinaba (en realidad mientras pateaba un balón yo era) Vincenzo Scifo o George Hagi.
Mis paseos familiares eran sus paseos familiares. Don Pedro, el papá de Enrique siempre lo he conocido mecánico, de la vieja guardia, mecánico y futbolero. En su casa tenía a la Cacharra, un Ford de los años 30 creo, (nunca he sido bueno para esos registros), para nosotros una nave y centro de operaciones de cualquier juego que iniciábamos; la cacharra ocupaba un espacio y lo mejor de todo, era que esa fantasmal y fantástica nave, funcionaba y en ella viví mis primeros paseos en un vehiculo.
Mis paseos familiares eran sus paseos familiares. Don Pedro, el papá de Enrique siempre lo he conocido mecánico, de la vieja guardia, mecánico y futbolero. En su casa tenía a la Cacharra, un Ford de los años 30 creo, (nunca he sido bueno para esos registros), para nosotros una nave y centro de operaciones de cualquier juego que iniciábamos; la cacharra ocupaba un espacio y lo mejor de todo, era que esa fantasmal y fantástica nave, funcionaba y en ella viví mis primeros paseos en un vehiculo.
Recuerdo un día especial, un día de verano, un fin de semana. Enrique toca la ventana que da al dormitorio de la casa en que vivía en aquellos años. Como era habitual en muchas ocasiones, ese día su familia iría de paseo al campo y me vienen a buscar para llevarme. Pulento, como superar la felicidad de despertar con aquella invitación, "te levantas por el aire" decía mi madre.
En aquella mañana de aventura infantil, recuerdo que íbamos Enrique, yo, Camilo (hermano mayor de Enrique), el Cachula y los grandes. Una vez en el lugar una de las primeras cosas que hicimos fue salir a recorrerlo, a olerlo, como cachorros nuevos supongo. Bajo esa inspiración fuimos subiendo la ladera de un cerro. Un cerro como varios y cualquiera que se ubican en las riberas de un río. En este, subíamos por sus senderos hasta llegar al punto más alto. En su arquitectura natural, notamos que dos metros más abajo nuestro y paralelo a nuestro camino, había otro sendero que se distanciaba por unos escasos 30 cms de la quebrada del cerro; osados y semi-tarados, decidimos bajar a ver que tal era avanzar por el lugar... unos cuantos metros bastó para notar su peligro, de esa manera resolvimos regresar a una tierra más firme y menos vertiginosa....Subimos a nuestro anterior camino.
La aventura de esta historia no está en los aspecto clásicos de la exploración infantil, tiene que ver con Indiana Jones a lo menos. Mientras subíamos de aquél vertiginoso sendero al otro que estaba unos metros más arriba, no tomé la precaución (y es aquí donde tomo todo el protagonismo de esta historia), que su trayecto estaba lleno de hojas de pino seco. Quien tenga una apreciación mínimo de lo que ello implica, sabrá entender que aquellas hojas, lineales y cafés, son un verdadero jabón para el terreno; luego de tres o cuatro pasos trastabillo y mi abdomen directo al suelo, luego la inercia del golpe ayudado por aquellas hojas me hace a avanzar sin esperanzas de detenerme al abismo total... en el trayecto de forma desesperada intento tomarme de una mata de cardo, sólo consigo sacarla de cuajo y romperme la mano... al siguiente segundo, mi cuerpo se fue en caída libre de una altura de unos 35 metros; lo siguiente fue sentir mi cuerpo sumergido en el agua y la suerte (una primera suerte) fue que justo aquella orilla, la única de un río, tenía una profundidad suficiente para cubrir mi cuerpo... la otras suertes fueron, caer justo en medio de dos rocas gigantes que seguro me aguardaban para hacer de mi cuerpo un salsa trémula. Quedé paralizado y aferrado a la orilla, del otro extremo miraba como dos personas miraban boquiabiertos la pirueta involuntaria. Aún no sabía nadar. Peor.
A los minutos, veo que don Pedro llego a mi auxilio, me saca del lugar y yo sin palabras. "No miras hacia arriba, no mires para arriba" me gritaba... buscando con ello que yo no entrara en shock al ver del lugar que había caída. Lo cierto es que estaba lejos de eso, aún no lograba entender del todo que había ocurrido, no sentía miedo ni nada, sólo quería definir la altura de la cual había caído, tal vez para presumir luego, que se yo, cosas de niños.
Lo siguiente fue llegar donde los tíos, la tía Edy que me preparó un agua de perra o un menjunje para que me calmara (estaban de verdad asustados, salvo yo, ahora con ganas de ir a jugar a la pelota). Luego de ello recuerdo que dormí, dormí y dormí y algo comí el resto del día. Del tema jamás se volvió a hablar y yo nunca le dije de esto a mi madre... aún hoy creo, pero ya es por olvido.
Mientras esperábamos el turno para pasar el auto a la revisión técnica, Enrique me recordó el episodio y apuntó un silo que estaba en frente de nosotros..."De una weá como esa te caíste mas o menos. Nosotros prensábamos que te habías muerto", me señaló.
Los recuerdos que salen cuando se juntan dos amigos, que tuvieron una ausencia de su amistad por más de 15 años.
Luego le comenté el episodio a Felipe, le dije. "Weon, de verdad de ahí en adelante mi vida es gratis".-
La aventura de esta historia no está en los aspecto clásicos de la exploración infantil, tiene que ver con Indiana Jones a lo menos. Mientras subíamos de aquél vertiginoso sendero al otro que estaba unos metros más arriba, no tomé la precaución (y es aquí donde tomo todo el protagonismo de esta historia), que su trayecto estaba lleno de hojas de pino seco. Quien tenga una apreciación mínimo de lo que ello implica, sabrá entender que aquellas hojas, lineales y cafés, son un verdadero jabón para el terreno; luego de tres o cuatro pasos trastabillo y mi abdomen directo al suelo, luego la inercia del golpe ayudado por aquellas hojas me hace a avanzar sin esperanzas de detenerme al abismo total... en el trayecto de forma desesperada intento tomarme de una mata de cardo, sólo consigo sacarla de cuajo y romperme la mano... al siguiente segundo, mi cuerpo se fue en caída libre de una altura de unos 35 metros; lo siguiente fue sentir mi cuerpo sumergido en el agua y la suerte (una primera suerte) fue que justo aquella orilla, la única de un río, tenía una profundidad suficiente para cubrir mi cuerpo... la otras suertes fueron, caer justo en medio de dos rocas gigantes que seguro me aguardaban para hacer de mi cuerpo un salsa trémula. Quedé paralizado y aferrado a la orilla, del otro extremo miraba como dos personas miraban boquiabiertos la pirueta involuntaria. Aún no sabía nadar. Peor.
A los minutos, veo que don Pedro llego a mi auxilio, me saca del lugar y yo sin palabras. "No miras hacia arriba, no mires para arriba" me gritaba... buscando con ello que yo no entrara en shock al ver del lugar que había caída. Lo cierto es que estaba lejos de eso, aún no lograba entender del todo que había ocurrido, no sentía miedo ni nada, sólo quería definir la altura de la cual había caído, tal vez para presumir luego, que se yo, cosas de niños.
Lo siguiente fue llegar donde los tíos, la tía Edy que me preparó un agua de perra o un menjunje para que me calmara (estaban de verdad asustados, salvo yo, ahora con ganas de ir a jugar a la pelota). Luego de ello recuerdo que dormí, dormí y dormí y algo comí el resto del día. Del tema jamás se volvió a hablar y yo nunca le dije de esto a mi madre... aún hoy creo, pero ya es por olvido.
Mientras esperábamos el turno para pasar el auto a la revisión técnica, Enrique me recordó el episodio y apuntó un silo que estaba en frente de nosotros..."De una weá como esa te caíste mas o menos. Nosotros prensábamos que te habías muerto", me señaló.
Los recuerdos que salen cuando se juntan dos amigos, que tuvieron una ausencia de su amistad por más de 15 años.
Luego le comenté el episodio a Felipe, le dije. "Weon, de verdad de ahí en adelante mi vida es gratis".-

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